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LA BIBLIOTECA DE VELVETY: Sylvia Plath, poesía, amor y muerte

Sylvia

El mundo que se esconde tras la creatividad de muchos artistas nos atrae irremediablemente. Quizá en parte sea verdad que las musas inspiran tanto talento como locura o quizá nos seduce morbósamente esa metahistoria que transciende a su obra. Una de las más atrayentes, sin duda, es la de la poetisa Sylvia Plath. Y es que su corta vida acabó trágicamente, sembrando una estela de drama que alcanzó a muchos de los que la rodeaban. En la semana en que se cumplen cincuenta y tres años de su suicidio, recordamos su biografía.

La bostoniana que se convertiría en uno de los mayores exponentes de la denominada poesía confesional, caracterizada por una crónica de la vida íntima de sus escritores, apuntaba desde joven a tener una complicada existencia a tenor de lo que escribía ya en sus diarios de adolescencia: Nunca jamás conseguiré la perfección que anhelo con toda mi alma… mis pinturas, mis poemas, mis cuentos. Tras su primer intento de suicidio los médicos descartan una grave enfermedad mental, tal como esquizofrenia y psicosis. Por desgracia, Plath, fruto de su exigencia ante la literatura en particular y la vida en general padece otro tipo de trastorno de igual gravedad (por ese entonces), un trastorno bipolar en el que son más proclives las etapas depresivas que la eufóricas.

Su obsesión por la necesidad de tener un marido parece calmarse al conocer al que se convertirá en ello, el poeta Ted Hughes, con el que coincide en Cambridge al serle concedida una beca por su talento. Tras su matrimonio y nacimiento de su primer hijo parece que el papel de madre le colma de felicidad, pero no así la relación con el poeta, en el que ella anda unos pasos por detrás de su marido, anhelando el papel de los hombres en la sociedad, a la vez que los celos adquieren un papel central y justificado ante los continuos escarceos del también poeta con otras mujeres. Su soledad la compensa con una creatividad y productividad desbordante que, sin embargo, no sirve como terapia ante su vacío.

Hasta hace apenas unos años se ha pensado que, unos días antes de su muerte  envíó una carta de suicidio a su todavía marido, quien por entonces ya la había abandonado por otra escritora. Tras ello, preparó el desayuno a sus hijos, cerró la puerta de la cocina herméticamente, abrió la espita de gas y metió la cabeza en el horno acabando con su vida. Contaba tan solo con treinta años.

No fueron así exactamente las circunstancias de su muerte. El biógrafo Jonathan Bates tuvo acceso al archivo del poeta británico y publicó el pasado año las conclusiones de su investigación. En ella determinó que Sylvia envió una carta a su marido en la que exponía su determinación de partir a París para vivir allí con sus dos hijos. Tras recibirla, Hughes acudió al domicilio familiar, en el que mantuvo una gran disputa con Plath. Al día siguiente Sylvia llamó por teléfono a su marido, cogiéndolo su amante. Dos días más tarde esa amante era quien comunicaba a Hughes  la noticia de su muerte.

El peso de Plath persiguió a la pareja durante toda su relación, alcanzando tintes de tragedia. La también poetisa por la que Hughes había sustituido a su mujer era Assia Wevill, una escritora berlinesa criada en Palestina huyendo de la persecución nazi. De carácter coqueto, frivolo y manipulador, heredó los delirios de grandeza de su padre, creyéndose destinada a ser alguien importante, tanto por su formación como por su belleza. A los 27 años ya se había divorciado de su primer marido y abandonado al segundo por el poeta David Wevill. Dos años más tarde conocen al matrimonio Plath-Hughes. Assia tuvo claras sus intenciones desde el principio. Voy a seducir a Ted, comunicó a su publicista en vísperas de la fiesta a la que fue invitada por la propia Sylvia. Y así fue; poco después ambos escritores comenzaban un romance. El marido de Assia al enterarse ingirió una sobredosis de pastillas que casi acaba con su vida.

Sin embargo, ambos siguieron adelante con su romance. Pero la muerte de Sylvia transformó la relación de la pareja. A pesar de las múltiples críticas hacia Hughes y las dudas que sobrevolaban sobre su importante papel en el sucidio de su mujer, el remordimiento hizo mella en Ted, aunque no así en Assia. Embarazada ya del poeta, ejercía de primera dama y se sentía juzgada por el entorno del poeta mientras que acusaba a Sylvia de haberse matado para acabar con su felicidad y se quejaba amargamente de la mala suerte de que su idilio se viera mancillado por ese desafortunado incidente. Sí, el desafortunado incidente era el suicidio de Plath.

Sylvia está creciendo en él, enorme y espléndida. Yo me encojo cada día, mordisqueada por ambos. Me comen, escribió en su diario.

La sombra de Sylvia era alargada, a la vez que el poeta se volcaba en los hijos nacidos en su matrimonio con Plath mientras que nunca llegó a considerar su familia a Shura, nacida de su relación con Assia. El poeta retomó sus antiguos comportamientos, teniendo amantes por doquier. Y Assia cada vez se parecía más a Sylvia en sus (fundados) celos.

El 25 de marzo de 1969 la pareja volvió a reñir. Como un tétrico deja vú, Assia acostó a su hija, se tomó un buen número de pastillas y whisky y abrió la llave del gas y la puerta del horno. Pero a diferencia de Sylvia ella decidió llevarse a su hija consigo. La cogió dormida del dormitorio y, abrazada a ella, ambas murieron.

Para cerrar el trágico círculo, en 2006, Nicholas Hughes, el menor de los dos hijos de los poetas, que ejercía como profesor de biología marina en la Universidad de Alaska, ponía fin a su solitaria vida ahorcándose. Siempre se ha mencionado con tristeza y seguridad que, hoy en día, el trastorno bipolar de Sylvia probablemente se hubiera podido canalizar con medicación. El final de su hijo, también con depresiones constantes, hace dudar de ese pronóstico. De ello da fe también la única superviviente, su hija Fiedra Plath, escritora y columnista, que además de heredar el genio de su madre, también lo ha hecho de sus trastornos depresivos, contra los que se enfrenta desde hace años. Deseamos con fervor que ella gane por fin la batalla.

Y rodeó su casa
de alambradas y muros impasables
contra el tiempo rebelde
tanto que nadie lo rompiera
con maldiciones, puños, amenazas,
ni con amor tampoco.

Solterona. Sylvia Plath

Concha Gallén

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