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CANCIÓN DE LA SEMANA: Dollar days

Blackstar

Finalizamos una semana difícil musicalmente escuchando sin parar la obra póstuma que David Bowie nos dejó y un escalofrío recorre nuestro cuerpo con cada corte del álbum. ★ (Blackstar), un trabajo experimental y tremendamente arriesgado, subyuga en muchos momentos ante la cantidad de pistas que el Duque Blanco incluyó en sus letras sobre su inminente final, además de los guiños y autohomenajes constantes a su carrera. Un brillante epitafio que ilustra su salida de este mundo, pero que, a buen seguro, servirá de plataforma para que generaciones venideras se introduzcan en el universo musical de uno de los grandes de todos los tiempos.

Sorprende sobre todo la capacidad creativa de un músico que llevaba año y medio luchando contra un cáncer de hígado mientras trabajaba en la gestación de un álbum que ni siquiera sabía si podría acabar o ver editado en vida y que incluso se estaba planteando la grabación de un nuevo disco después de Blackstar, para el que ya había escrito algunas canciones. Con su trabajo póstumo, el vigésimo octavo de su carrera, Bowie se aleja significativamente de su pasado, prescindiendo de los músicos con los que colaboraba últimamente, salvo de su inseparable Tony Visconti, su productor de cabecera, y se acompaña de un cuarteto de jazz experimental para ejecutar un disco de rock-jazz donde el saxofón (Donny McCaslin) es el gran protagonista junto a la brumosa percusión, amén de la enigmática y premonitoria lírica, que jalona todo el álbum. La premisa era la creación de un disco lo más alejado posible del rock y el resultado es sencillamente espectacular.

Ya hablábamos el lunes del primer single del álbum, la homónima Blackstar, una canción perturbadora e hipnótica,  de diez minutos, que transita por una densa atmósfera litúrgica protagonizada por la sombría voz de David Bowie y que nos introduce en el imaginario fúnebre que el británico despliega a lo largo de todo el trabajo. Lazarus, segundo single de ★, sin embargo, es un corte de sonido más clásico aunque con la letra más premonitoria de todo el álbum: Estoy en el cielo. Tengo cicatrices que no se pueden ver. Un drama que no puede ser robado. Todo el mundo me conoce ahora. Un Bowie postrado en una cama con los ojos vendados y un ambiente bastante lúgubre ofrecen en el videoclip un resultado estético aterrador, que apenas cinco días después de su muerte nos pone los pelos como escarpias. Escuchar la solemne y majestuosa voz del británico nos hace pensar en su aceptación del inminente final.

El resto del trabajo no le va a la zaga. El Duque recupera, en nuevas versiones, dos temas editados como sencillo a finales de 2014: la balada criminal Sue (or In a season of crime), con la colaboración de James Murphy (LCD Soundsystem), y la explícita Tis a pity she was a whore. Curiosas revisiones con una instrumentación entre el jazz y el drum’n’bass que no desentonan en absoluto en la atmósfera lúgubre del disco. Destacables también la juguetona Girl loves me, donde un Bowie casi rapero mezcla slang (argot callejero), polari (un lenguaje en clave usado por la comunidad gay en Reino Unido en los años 50-60) y nadsat (el dialecto creado por Anthony Burgess para los personajes de La naranja mecánica), la preciosa I can’t give everything away, donde el británico demuestra ser un crooner de otro planeta, o nuestra propuesta semanal, Dollar days.

Nuestra canción de la semana podría haber sido casi cualquier corte de Blackstar pero nos quedamos con la canción más ortodoxa de su nuevo trabajo. Dollar days, un tema donde el piano, el saxofón y la guitarra introducen cadenciosamente una balada clásica de David Bowie, con una producción cristalina, una excelente melodía que aúna melancolía y drama y una letra que habla del más allá. Un consecuente Bowie siempre había declarado que lo que realmente cuenta es la obra final, y a él la muerte le encontró trabajando e innovando hasta el último minuto. Como dijo Visconti, su fallecimiento ha sido una obra maestra. Hasta siempre y para siempre Bowie.

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CÉSAR ALONSO

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