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DESNUDANDO LA MÚSICA: 35 años sin John

John Lennon

Treinta y cinco años. Aniversario de un macabro y desolador acontecimiento que removió los cimientos de la industria musical y de generaciones que crecieron con su música. Un 8 de diciembre John Lennon fue asesinado a las puertas de su casa, ya convertida en edificio maldito. No hay nada que podamos añadir de lo que se ha dicho sobre el y, sin embargo, no podemos inhibirnos de recordarle. Porque aunque la palabra héroe la reservamos para personas anónimas que son capaces de transformar el mundo convirtiéndolo en un lugar mejor, hay músicos que logran a través de sus composiciones marcar nuestras vidas o ayudarnos a seguir adelante en nuestros momentos de rendición y cansancio. Es por ello que iniciamos una semana de homenaje a su figura y legado musical recordando hoy algunos de los hechos que rodearon su corta e intensa existencia.

La de Lennon es la historia de un joven convencido de que estaba destinado a grandes cosas. Según sus propias palabras las personas como yo son conscientes de ser unos genios desde los diecinueve años (…)  Me preguntaba constantemente por qué nadie me había descubierto. Yo era diferente, siempre había sido diferente. Entonces, ¿por qué nadie se había fijado en mí? Si, como otros grandes músicos, carecía de humildad, absolutamente consciente de su talento. Quizá esa confianza desvió la probable trayectoria que le deparaba un barrio pobre y una familia desestructurada, con padres ausentes. La mayor aportación de su madre probablemente fue la guitarra que le regaló, a cambio de la promesa de no dedicarse a la música en un futuro. Ni su absurda muerte atropellada consiguió que su hijo cumpliera el contrato acordado.

Se adentró en bandas de cuasi pandilleros, inmerso en un fracaso escolar sin posibilidad de remisión. Trascendió el prefacio de sus profesores Nada que sacar de él y lo sacó él solito. Bueno, with a little help of his friends. Paul, Pete y Stuart en sus pinitos. Paul, George y Ringo en su apoteosis de fama. De 1962 a 1969 alcanzaron lo inimaginable, un mundo que giraba alrededor de ellos absolutamente enloquecido. Y los egos chocaron, iniciándose una encarnizada enemistad entre los dos cerebros (una servidora también tiene absoluta debilidad por Harrison) de la banda. Y entonces apareció Yoko, una artista conceptual que compartía las filias y pasiones de su futura pareja. De los personajes más odiados en la historia de la música, a quien siempre se atribuyó la separación de los Fab Four, pese a los intentos de justificación del propio John de que las relaciones en el grupo marcaban desde hace tiempo una separación insalvable. No dudaron en romper sus respectivos matrimonios para estar juntos, lo que les trajo innumerables quebraderos de cabeza, entre otros el secuestro de la hija de Yoko por parte de su ex marido, nada proclive a aceptar la sentencia de custodia a favor de la que fue su esposa. Pese a detectives e investigaciones incesantes, la japonesa no pudo reencontrarse con Kyoko hasta 23 años más tarde.

Juntos se unieron en un movimiento pacifista a través de la crítica directa y de sus demostraciones de amor, como su encierro durante una semana en el hotel Hilton de Amsterdam durante su luna de miel, con la puerta abierta a los periodistas bajo los letreros de Bed Peace y Hair Peace. Esas fotografías se convirtieron en la mejor marca y slogan de la lucha antibelicista, y las canciones de John lo gritaban a los cuatro vientos: Give peace a chance, Power to the people, Imagine… La paz y el amor incondicional  por su esposa, plasmada en su preciosa Woman.

John fue padre amantísimo de Sean, nacido de su matrimonio con Yoko. Su dedicación le llevó a centrarse en sus cuidados durante cinco años, mientras su mujer era la artista que trabajaba fuera de casa. Todo un adalid del feminismo. Su dedicación quedó plasmada en Watching the wheels.  Quien sabe si esa historia de amor paterno fue la que le costó la vida. Si la historia hubiera sido distinta de no insistir John en pasar por casa desde el estudio de grabación para acostar a su hijo, pese a las protestas de su esposa que quería cenar fuera. Si no hubiera permanecido en silencio musical durante cinco años, provocando una obsesión por parte de un fan, Mark David Chapman, enfebrecido con el ex Beatle de tal forma que hasta llegó a pensar que era el mismísimo músico. O no. Le tocó a Lennon pero podía haber sido cualquier otro, según palabras posteriores del asesino, una persona con un afán de notoriedad que le llevó a la conclusión de que solo se convertiría en alguien matando a un famoso (en su lista barajó también a Elizabeth Taylor, Johnny Carson o Jacqueline Kennedy Onassis).

La vida de John terminó hace 35 años, pero no así su historia, que le sobrevive y seguirá llenando páginas de aquí a la eternidad. Como colofón acabamos con su gran himno, Imagine. Una oda a la paz, al amor entre las personas, sin guerras que nos separen ni por las que morir ni matar. Una oda a seguir soñando aunque todo nos parezca improbable o nos tachen de locos. Si lo imaginas, puede ser posible. Gracias John.

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Concha Gallén

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