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DESNUDANDO LA MÚSICA: Billie Holiday, la voz convertida en lamento

billie holiday

Tras el 5 canciones sobre la censura publicado en Velvety la semana pasada, nos parece oportuno dedicar un espacio en profundidad a una artista incomparable del soul y jazz que nos ronda sin cesar por la mente, objeto también de censura y de quien se cumple este año el centenario de su nacimiento. Su voz, temáticas y su desgarro vocal y espiritual convierten a Billie Holiday en una figura insigne cuya dramática existencia repasamos.

Sin duda su infancia marcó lo que sería su trayectoria. Nacida en Philadelphia bajo el nombre de Eleanora Fagan, hija de un músico de jazz que abandonó a su familia y de una madre con poco interés hacia su vástaga, fue ingresada en una institución católica a los diez años tras haberse descubierto que había sufrido una violación. Dos años después escapa del centro trasladándose con su madre a Brooklyn, donde comenzó a trabajar en un burdel. Existen muchos claroscuros y misterios con respecto a su historia; uno de ellos es si solo lo limpiaba o ejercía allí la prostitución (las teorías se decantan más hacia lo segundo). Lo que es seguro es que pudo escapar (solo a medias) de un miserable destino gracias al jazz, representado en las figuras de Louis Armstrong y Bessie Smith, a los que escuchaba con asiduidad y pasión.

Consiguió comenzar a actuar en locales del Harlem donde dejaba sin respiración a su audiencia. Eso sí, al ser negra cobraba una miseria y entraba por la puerta trasera; lo de alternar con su público blanco ni lo mencionamos.

Todo cambió cuando fue descubierta por Benny Goodman, famoso por su orquesta de jazz y especialmente de swing. Eleanora se cambió el nombre en homenaje a una actriz de cine mudo y un músico de jazz y comenzó a grabar bajo el sello Columbia. En esta época (1935) se codeó con lo más exclusivo del jazz: el ya mencionado Benny Goodman, Roy Eldridge, Ben Webster y estrellas como Artie Shaw o la banda de la que pasó a formar parte, la orquesta Count Basie, donde conoció al saxofonista Lester Young. Fue él quien la apodó Lady Day. Esos días de rosas no fueron óbice para que el color de su piel la marginara en las giras por el país, comiendo sola en el autocar y miccionando en las cunetas. Una cosa es el arte y otra el pundonor y la respetabilidad de las costumbres.

Para muchos Lester fue el amor de su vida, para otros solo surgió una amistad casi fraternal entre almas atormentadas en un mundo que no les aceptaba. Lo cierto es que ambos sufrieron sinos paralelos. Mientras Lester era destinado al ejercito, donde sufriría el racismo mas profundo a base de palizas y entraría en la espiral del alcohol, Billie seguía asumiendo su rol de ‘prostituta’, de mujer sometida por amantes brutales (su segundo marido, Louis McKay era un capo de la mafia) y se refugiaría en el alcohol y la heroína, por cuya posesión pasó ocho meses en prisión y la prohibición de actuar en los clubs de Nueva York. A partir de ahí tuvo que actuar con artistas del tres al cuarto en pueblos de mala muerte donde su talento era ignorado.

Destrozada en cuerpo y alma, negada su petición a cumplir con su mayor sueño, adoptar un niño, con 44 años fallecía víctima de una cirrosis hepática. Tristemente solo se le permitió salir al hospital para morir en él, puesto que se encontraba en arresto domiciliario por posesión de estupefacientes. Cumplió la promesa que le hizo cuatro meses antes a su querido Lester Young el día de su entierro: ‘Yo seré la próxima’.

Su legado e influencia en artistas es inabarcable. Como canción homenaje no nos podemos resistir a reproducir la que fue elegida por la revista Time en 1999 como mejor canción del siglo: Strange Fruit. En 1939, Billie entonaba en un club por primera vez los siguientes párrafos: De los árboles del sur cuelga una fruta extraña. Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. Extraña fruta cuelga de los álamos. Escena pastoral del valiente sur. Los ojos saltones y la boca retorcida. Aroma de las magnolias, dulce y fresco. Y el repentino olor a carne quemada. Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos. Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles lo dejen caer. Esta es una extraña y amarga cosecha.

Tras cantarla tuvo que correr al aseo a vomitar sobrecogida por la emoción. Y es que narraba la escalofriante historia real de dos negros linchados y ahorcados en Indiana en 1930. Ni qué decir que el tema fue censurado en infinidad de emisoras de EEUU. Les dejamos la emoción e injusticia hecha canción.

 

 

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Concha Gallén

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