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DESNUDANDO LA MÚSICA: Leonard Cohen, el poeta existencial

leonard cohen

Siempre nos gusta homenajear a artistas por los que sentimos especial devoción. En esta ocasión se trata de uno de los músicos canadienses más internacionales, por no decir el máximo exponente -esperamos no despertar las iras de Justin Bieber: el incombustible Leonard Cohen.

Su ascendencia polaca y el exilio al que se vio obligado su familia siempre ha estado presente en sus letras, en las que redundan el misticismo, la guerra, los problemas mundiales, la religión (fiel seguidor de la Torá y posteriormente reconvertido al budismo zen) el amor y, en general, la búsqueda del sentido de la vida.

La poesía y la música han estado íntimamente relacionadas durante toda su carrera. Quizá porque su gran pasión siempre ha sido la primera, pero la literatura no daba siempre de comer, como confesó uno de sus amores, la pintora noruega inmortalizada en su canción So long Marianne, con la que convivió durante siete años en la isla griega de Hidra durante la década de los 60 de una forma ascética, contrapunto al hippismo imperante. Eran rara avis de la época. No sería la única etapa monacal de su existencia. Su espiritualidad le llevó a ingresar durante cinco años en el Mount Baldy Zen Center ya en la década de los 90, donde fue nombrado monje budista.

Pero que estos datos no nos lleven a engaño como trampantojo de su frenesí más mundano. Mujeriego hasta la (no) saciedad, sus amantes se cuentan por decenas, entre ellas algunas tan famosas como Janis Joplin, Nico (de la Velvet Underground) o Rebecca de Mornay con la que convivió nada menos que 13 años. Incluso inventó un verbo para definir sus relaciones: fornifollar. Tampoco su ascetismo le alejó del consumo de alcohol y drogas, lo que acrecentaba sus accesos bipolares. Adicto a los antidepresivos y ansiolíticos por su depresión crónica, llegó a abandonar el Prozac por una razón tan contundente como que aniquilaba el deseo sexual. Siempre ha tenido claras sus prioridades Mr. Cohen.

Fue a su regreso a Canadá desde su larga estancia en Grecia cuando se centra en el mundo musical y tras el éxito conseguido por Suzanne, ficha por la discográfica Columbia. Más poeta (nunca mejor dicho) fuera de su tierra, nunca ha sido cantante de mayorías, pero sí reverenciado mundialmente por sus seguidores. Sus canciones han sido versionadas hasta el infinito (más de 500 veces su Hallelujah).

En 2005 se enfrentó a dos terribles noticias en una: la traición de su amiga y asistente durante décadas, que había dilapidado nada menos que 5 millones de dólares de su fondo de pensiones con fines personales.  Su continuación obligada en la música por razones económicas  hasta la actualidad, con 80 años ya cumplidos, nos llena de una alegría cargada de un puntito de culpa, porque no decirlo.

En 2011 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras  por su impresionante trayectoria, tanto en cantidad como en calidad. Tuvo especial relevancia para el músico porque lo emitió un país cuyos poetas  admira tanto que llamó a una de sus hijas Lorca. Fue el poeta que me educó. Uno de los grandes privilegios de mi vida fue oír a (Enrique) Morente traducir mis canciones. Se refiere al disco Omega, mano a mano entre Morente y Lagartija Nick, en los que aúnan los versos de Lorca y el cancionero de Cohen. Es lo más grande que nadie ha hecho por mí en toda mi vida“.

Sus canciones están siempre vigentes y es que, como dice el canadiense, pasa el tiempo pero los problemas suelen ser siempre los mísmos (de ahí el nombre de su último álbum, Popular problems), y es necesario que se te congele un poco el corazón para mantener lejos la podredumbre. Suponemos que metafóricamente porque es imposible concebir sus letras, melodías y poesías sin provenir de un corazón cálido y comprometido.

Imposible no recordar su voz rotunda unida a los agudos de sus coros femeninos, esas “cohenettes” que hacen aún más deliciosas sus melodías. Por cierto, una de ellas fue la posteriormente famosa Laura Branigan.

Dance me to the end of love, The future, First we take Manhattan, las ya nombradas Hallelujah, Suzanne y So long Marianne…. Auténticas joyas de las que solo podemos escoger una. La afortunada es Take this waltz, adaptación inglesa del Pequeño vals vienés de Federico García Lorca. en cuyo homenaje en 1986, al cumplirse 50 años de su asesinato, participó Cohen de manera estelar.

Ah, y para empaparse en profundidad de su biografía, tenemos el recién salido del horno Leonard Cohen, everybody knows, de Harvey Kubernik, publicada por la Editorial Blume (2014). Disfruten infinitamente…

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CONCHA GALLÉN (Psicóloga & Coach)

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